“Se busca nombre” (N° 453)

Hace algún tiempo publiqué, lo que era el primer capítulo de un cuento corto. Hoy vuelvo a publicar ese mismo capitulo para aquellos que no lo han leído o no lo recuerdan  y anexo también la segunda parte. En los próximos días publicaré, el tercero y el cuarto, que es el final . Espero desde ya les guste
                                                           “Se busca nombre”
Capítulo I: “Se busca”.
“Hacemos un llamado a la solidaridad, se busca… ¡jovencita! pelo largo, castaño claro, ojos verdes, altura 1,65mts aproximadamente, contextura delgada, veintidós años. Vestía, pollera blanca, camisa roja, sandalias negras clásicas. Desapareció ayer a la mañana en el trayecto entre Pueblo Chico y Los Maizales. Cualquier información dirigirse a la comisaria de Pueblo Chico o al 0800 333444221”.
Era la tercera vez que daban el anuncio radial desde que había salido de San Palcho. La rutina diaria de trabajo, lo llevaba a recorrer diariamente los ciento treinta kilómetros que lo separaban del mismo.
En los últimos meses, casi año y medio habían desaparecido ocho jóvenes sin dejar rastro alguno, en los pueblos a la vera de esa ruta provincial. “Se van del hogar” se dijo “Huyen del infierno en que han nacido”, “Buscan nuevas experiencias”… Aceleró un tanto su BMW, reclinó el asiento un poco más hacia atrás, subió el volumen de la radio, el sol que asomaba espléndido, anunciaba un hermoso día.
Disfrutaba de conducir su nuevo auto, rojo sangre lo había pedido y así, se lo entregaron, tapizado de cuero negro (para que su limpieza sea más fácil) tablero y laterales de las puertas en madera caoba, cierre centralizado operado únicamente por el conductor, como así también los levantavidrios eléctricos, baúl grande, “Caben cuatro valijas o dos personas grandes” le dijo el vendedor en broma, caja semi automática, frenos abs en las cuatro ruedas, neumáticos runflat, seis airbag, etc, etc. Antes de recibirlo, pidió a la agencia que le colocaran el polarizado en los vidrios, el tono más oscuro (el aire acondicionado tendría así un mejor rendimiento)
La ruta era prácticamente nueva a esa altura, bien delineada, la cartelería daba la información precisa y necesaria. “Peligro animales sueltos”, “precaución en días de lluvia”, “banquina resbaladiza”, “máxima con niebla sesenta”, etc etc. No había radares, por lo que podía disfrutar aún más de su vehículo. Los neumáticos, al tomar las curvas desprendían su ya conocido chirrido, saboreaba el riesgo de conducir a alta velocidad.
Qué expresión pondrían sus colegas en el sanatorio, cuando lo viesen llegar con auto nuevo. No había comentado nada, sería el bocadillo de boca en boca del día. Le gustaba que dijesen que era excéntrico, ermitaño, que supiesen poco por no decir nada de él, salvo su domicilio y que era soltero… Se miró al espejo retrovisor, se ordenó con la mano un tanto el pelo, se dijo para sí… “me quedan bien la gafas oscuras”, abrió la boca testeando la blancura de sus dientes, que por el broceado de su piel, lucían aún más, se sentía pleno. Tenía las manos un tanto inquietas, la inacción lo mantenía un poco ansioso se dijo, mientras deslizaba jugando entre sus dedos, de mano en mano, casi sistemáticamente, un grueso cordón rojo.
La radio volvió a repetir como un disco rayado el pedido de informe sobre el paradero de la joven desaparecida…
Miró el cielo, una bandada de aves lo cruzaba rítmicamente, como si estuviesen haciendo una coreografía juntas. Dos líneas blancas, paralelas, desdibujadas, en lo alto del firmamento, se iban esfumando lentamente, al avión, no lo pudo ver. Las pocas nubes que ocupaban el cielo formaban diferentes figuras arrastradas por el viento.
La hora en el tablero le indicaba que como de costumbre, venía con suficiente tiempo. Le gustaba llegar a horario y además, podía sobreponerse a cualquier imprevisto que pudiese suceder.
El asfalto aún húmedo por el rocío de la noche seguía nutriendo los sembrados, ese año los maizales a la vera del camino formaban una muralla, se comentaba que en algunas zonas la cosecha era record. Habían trabajado muy duro tratando de exterminar la plaga de loros, que durante muchos años los azotó, arruinando gran parte de los sembradíos y ahora veían sus frutos. Los trigales a punto de cosechar, movidos por una suave brisa semejaban un inmenso mar ondulante. A lo lejos, podía ver las aspas de los molinos girar incesantemente junto al caserío. Toda la zona eran extensos latifundios de unos pocos y la principal actividad, la siembra.
Disminuyó un tanto la velocidad al tomar la curva que precedía a la entrada de Los Maizales, pero a pesar que la máxima era de sesenta, él continuó su marcha a cien. Fue recién mil metros antes de cruzar las vías del ferrocarril, que detuvo prácticamente el vehículo, para continuar luego intempestivamente su camino.
La radio volvía a repetir una vez más como un disco rayado, el pedido de informe sobre el paradero de la joven desaparecida…
“Juventud perdida” pensó, mientras bajaba la visera evitando que el sol lo encandilara, divisando a lo lejos la silueta de una joven haciendo dedo. Aminoró un tanto la velocidad, guardó con sutileza el cordón que llevaba entre sus manos en la guantera de la puerta y detuvo su marcha unos diez o quince metros más adelante de donde se encontraba ella. Por el espejo retrovisor la observó acercarse bamboleando sus caderas, una minifalda blanca mostraba sus torneadas piernas, que exhibían unas preciosas sandalias negras, una camisa roja un tanto entallada, marcaba su exuberante busto, y un pañuelo atado al cuello, mantenía oculto, lo que los botones desprendidos pretendían mostrar. Una larga cabellera ondulante cubría sus hombros, una cartera de mano haciendo juego con su maletín (animal print) la acompañaban.
— ¡Buen día! ¿a dónde se dirige?
— ¡Hola buen día! al próximo pueblo, me espera mi novio.
— Suba. La acerco. Voy para allá—le dijo mientras destrababa la puerta.
Tomó asiento, se colocó el cinturón de seguridad y acomodándose un tanto la cabellera dijo:
— Me llamo Lucy ¿Y usted?
— Jorge —respondió mientras trababa las puertas y apartaba la mirada de su minifalda, para recorrer su camisa, hasta el punto donde los botones continuaban desprendidos.
La miró a la cara notando que lo estaba observando y vió dibujarse una leve sonrisa en sus comisuras, mientras con su mano derecha abrochaba uno de los botones.
— ¡Hermoso día! —dijo ella mientras la radio volvía a difundir el llamado de solidaridad.
La miró fijamente y contesto:
— “Hermoso día” Si algún día he de morir desearía que fuese así.
Lucy se sintió aterrada por el comentario y hurgo en su cartera buscando algo. Sacó una tira de chicles y le convidó.
Él aceleró bruscamente, mientras le posaba la mano derecha sobre su rodilla de forma osada y suavemente la dirigía hacia la entrepierna. Ella mirándolo fijamente, muda de miedo, sentía como se acercaba a sus partes más íntimas y pensó… “Que gran error cometí al hacer dedo” Aferró su cartera con ambas manos, cuando lo vió extraer con su izquierda, de la guantera, un grueso cordón rojo y sonreír sádicamente. Quiso gritar, pero sintió que se le oprimía el cuello, sentía desvanecerse, volteó los ojos y con destreza maestra le incoó en la yugular la tijera que llevaba en la cartera.
Descendió del auto. Jorge tenía aún las dos manos sujetas al volante, el cordón rojo había caído sobre sus rodillas, el tapizado estaba bañado de sangre. “Menos mal que es cuero y se puede lavar” pensó, mientras se alejaba acomodándose su larga cabellera, cartera al hombro, con una sonrisa del deber cumplido.
Por enésima vez, la radio repetía… “Hacemos un llamado a la solidaridad, se busca… ¡jovencita! pelo largo, castaño claro, ojos verdes, altura 1,65mts aproximadamente, contextura delgada, veintidós años. Vestía, pollera blanca, camisa roja, sandalias negras clásicas. Desapareció ayer a la mañana en el trayecto entre Pueblo Chico y Los Maizales. Cualquier información dirigirse a la comisaria de Pueblo Chico o al 0800 333444221”

Capítulo II : “El encuentro con el padre Gustavo”.
Como de costumbre, antes que despunte el alba en Los Maizales, el padre Gustavo realizaba la misa matinal a las 7am. Si bien la concurrencia a esa hora era un tanto escasa, la feligresía que asistía disfrutaba de comenzar el día, escuchando, compartiendo y hasta haciendo carne la palabra de Dios.
El comentario pre y pos misa entre los feligreses e incluso el sacerdote, era la desaparición sin noticia alguna, de otra joven.
— ¡Otra más! Y van…” —Se decían.
Doña Rosa era la encargada, ese día, de ayudarle al padre Gustavo a quitarse la vestimenta en la sacristía. Mientras él se desataba el cíngulo, no dudó en comentar, como al pasar, su preocupación por la cantidad de jóvenes desaparecidas en el último tiempo. El Padre hizo un gesto con la cabeza como asintiendo lo que decía, a la vez que levantaba los brazos para que Rosa le ayudara a sacarse el alba.
El cuello romano, no se lo colocó. En el pueblo lo conocían todos, a pesar de que había llegado hacía un par de meses recién ordenado.
Ese día iría a la ciudad. Tenía que recurrir al obispado por una serie de trámites. Estaba cercana la Pascua. Por la tarde aprovecharía el tiempo restante para visitar a un ex amigo seminarista.
Tomó algunas pertenencias, un par de biromes, el desgastado maletín, un abrigo por si refrescaba o cambiaba el tiempo, lentes de sol, el equipo de mate y un desodorante en aerosol (pintaba tufoso el día)
El golcito blanco, comprado con el esfuerzo del grupo de la económica parroquial a través de rifas, polladas, kermeses, etc., etc., lo esperaba en el garaje. No era tan viejo, un modelo 2012 y para el uso que él le daba era suficiente.
Abrió la reja, saludo a Don Raúl y Doña Ana. A esa hora, si la mañana estaba fresquita, solían tomar mates bajo la frondosa mora ubicada en la vereda. Retrocedió el automóvil con suma cautela y se dirigió hacia la ruta, previa parada en la panadería “El Goloso” donde compró un par de facturas y una cremona. No podía ir del amigo, a la hora del mate, con las manos vacías.
Al salir de Los Maizales, tomó a la derecha, encendió la radio, bajó la visera, se colocó, los lentes de sol y aceleró suavemente hasta llegar al cruce de las vías donde aminoró la marcha.
“Hacemos un llamado a la solidaridad, se busca… ¡jovencita! pelo largo, castaño claro, ojos verdes, altura 1,65mts aproximadamente, contextura delgada, veintidos años. Vestía, pollera blanca, camisa roja, sandalias negras clásicas. Desapareció ayer a la mañana en el trayecto entre Pueblo Chico y Los Maizales. Cualquier información dirigirse a la comisaria de Pueblo Chico o al 0800 333444221”. Escuchó que volvían a repetir por la radio…
La descripción le recordó a Claudia, compañera de secundaria, habían andado medio entreverados, pero en realidad, para esa altura él ya comenzaba a sentir el llamado al sacerdocio. Le gustaba… a decir verdad, le agradaba mucho, le encantaba la forma intempestiva que tenía de decir lo que pensaba, su compañía le hacía bien. Había sido su apoyo cuando se accidentaron sus padres. Salvando distancias y sentimientos un tanto desencontrados, era la hermana que no tuvo. Fue su primer beso, el día del estudiante. Su primer y único amor, eran dos niños cuando comenzaron a noviar, fue desde el primer año. Y su relación se mantuvo hasta poco tiempo antes que el se fuera al seminario Sabía que a pesar de acompañarlo en su decisión, por dentro lo amaba. También sabía, hasta que no tuvo más noticias (hacía ya cinco largos años), que había sufrido mucho el desamor. “Cosa de adolescentes” pensó, y también “¿Qué habrá sido de su vida?”
Iba abstraído en sus pensamientos, cuando divisó y se sorprendió con un control policial, que había a pocos metros. Frenó un tanto brusco, mientras fijaba su mirada en el BMW rojo flamante estacionado al costado del camino. Bajó el vidrio y le preguntó a Héctor (fiel colaborador en la parroquia y policía)
— ¡Hola buen día Héctor! ¿Qué sucedió?
— ¡Buen día! Cómo le va Padre. Aún no sabemos… estamos esperando que venga criminología de la ciudad. Presenta un profundo corte en la yugular. —La bocina del automóvil de atrás les interrumpió el diálogo.
Retomó su marcha, en el preciso instante que la radio reiteraba nuevamente la desaparición de la joven.
“Desapareció, como Claudia de mi vida” pensó, volviendo a retomar el recuerdo de los años de adolescencia compartidos.
¡Qué hermosa época! ¡Cuántas vivencias juntos! Salidas al cine, al boliche, el estudio, el viaje de egresados, las largas horas de tertulias hasta la madrugada, mate por medio, compartiendo las tortas fritas que hacían juntos. Cómo se divertían, cómo disfrutaban… Conducía absorto en sus recuerdos, cuando la sirena y destellos de luces de la ambulancia, acompañada de un móvil policial, que venían de frente lo volvieron a la realidad. Sin querer, se había distraído y estaba circulando por el carril contrario. “Debe ser el equipo de criminalística” pensó, mientras por el retrovisor los veía alejarse.
Continuó su marcha, cuando a la distancia vió una joven transitando por la banquina, caminaba con un tanto de dificultad. Llevaba puestas unas sandalias negras algo sucias, se veía que ya había recorrido un buen trecho. Como todavía le faltaban unos cuarenta y cinco minutos para llegar a destino y le sobraba tiempo… Aminoró la marcha a medida que se iba acercando y cuando estuvo a la par, puso balizas y bajando la ventanilla, la interpeló.
— Buen día, ¿A dónde te dirigís?- Dijo sonriente.
— Voy a la ciudad, me está esperando mi novio.
— ¿Querés que te acerque? Voy para allá.
— Ok, dale, sino te importa… —Contestó ella abriendo la puerta. Apoyó el maletín en el suelo, la cartera la sostuvo sobre su falda y se sentó. Al mismo tiempo que él pasaba al asiento trasero, la bolsa que contenía las facturas, la cremona y el equipo de mate.
No fue hasta que comenzó nuevamente a manejar, que reparó en ella. No era quién para juzgarla, pero… la pollera le resultó un tanto corta a su gusto y podía decirse que hasta le causaba cierta incomodidad. En su remera escotada, pero con los botones prendidos, podía leerse “Kiss Me” (bésame). “Un tanto provocativa” pensó, mientras intentó mirarla a los ojos, ocultos por las oscuras gafas.
— ¡Claudia! —Exclamó— ¿Sos vos? —Le preguntó, quitándose los lentes de sol para poder verla mejor.
— No, no… —Contestó un tanto consternada, bajando la cabeza para buscar algo en la cartera, que sostenía con ambas manos.
— Lucy… me llamó Lucy. —Dijo, al momento de convidarle un chicle, con la mano un tanto temblorosa— ¿Querés?
— ¡Ahhh bueno! ¿Por qué no? Disculpa mí sobresalto… te confundí con una querida amiga de la adolescencia, que hace años no veo. Sos muy parecida a ella. —Dijo esto y volvió a mirarla fijamente, pero le era imposible ver sus ojos.
— ¿Querés que te cebe unos mates? veo que llevas un equipo. —Irrumpió ella buscando cambiar de conversación.
— Puede ser, no desayuné nada esta mañana. Salí temprano de mí pueblo.
— ¿De dónde sos y a qué te dedicás?
— Perdón olvidé presentarme, “soy el padre Gustavo”, flamante párroco de Los Maizales.
— ¿Párroco? —Repitió ella un tanto sorprendida— Disculpá pero no lo aparentás. —Continuó diciendo al momento que le entregaba un mate— Sos joven, bien parecido, hasta un buen partido podría decirte…
Gustavo se sonrojó, miró la ruta para disimular, a la vez que degustaba un sorbo de mate.
Ella continuó diciendo:
— Perdoná mi torpeza, no me di cuenta, soy un tanto impulsiva, tengo por costumbre expresar lo que pienso. No reparo en las consecuencias. —Dijo esto mientras se desabrochaba el primer botón de la remera, poniendo al descubierto un lunar de nacimiento y moviendo la mano como si se estuviese apantallando.
— No hay problema. —Replicó Gustavo— ¿Tenés calor? —Dijo, mientras prendía el aire y agregó— Y vos ¿A qué te dedicás?
— Por ahora a nada… estuve un tiempo de empleada administrativa, pero sabés cómo es eso, lo que menos quieren es que seas administrativa… ¿Querés que te alcance algo de lo de panificación para que acompañes el mate?
— Ah cierto, ya me había olvidado. ¡Sí! servite lo que más te gusta y pásame una factura a mí. Las repongo cuando llegue.
— Creí que traías tortas fritas… hace tanto que no las pruebo…
Gustavo, no saliendo de su asombro, giró la cabeza intentando nuevamente poder ver sus ojos, pero sólo pudo ver una sutil sonrisa dibujada en sus comisuras. Eran demasiadas coincidencias.
La radio reiteraba nuevamente. “Hacemos un llamado a la solidaridad, se busca… ¡jovencita! pelo largo, castaño claro, ojos verdes, altura 1,65mts aproximadamente, contextura delgada, veintidós años. Vestía, pollera blanca, camisa roja, sandalias negras clásicas. Desapareció ayer a la mañana en el trayecto entre Pueblo Chico y Los Maizales. Cualquier información dirigirse a la comisaria de Pueblo Chico o al 0800 333444221”.
“Si no fuese por la remera, la descripción coincide al dedillo con la joven que están buscando” pensó, mientras observaba el maletín entre sus piernas. “Aunque… ¿se la pudo haber cambiado?…”
— ¿No serás la que están buscando? —le preguntó cómo al pasar.
— No, no… ya te dije que voy a encontrarme con mi novio. —Le contestó, mientras sonriendo acariciaba con su mano derecha la tijera dentro de la cartera.
— Ah… cierto ¿Llevan mucho tiempo?
— A decir verdad, personalmente todavía no nos conocemos. Chateamos por internet y nos conectamos por Skype desde hace ya aproximadamente un año y medio. ¿Parece un tanto loco no? pero me dije… ¿Qué tengo que perder? ¡Y acá me ves! —Sonrió y sacó la mano de su cartera dejando el cierre parcialmente abierto.
— Y tus padres ¿Qué opinan?…
— Ellos no saben nada de mi vida. No tienen ni la más mínima idea de lo que hago. Si vengo, o si voy. Hace años que no los veo… como cinco o seis. Eran demasiado metidos, vivían retándome, amenazándome, hostigándome. Hasta que un día me cansé y me deshice de ellos.
“Qué extraña forma de relacionarse tienen los jóvenes de hoy en día” pensó, a pesar que él tenía la misma edad. “Con razón hay tantas desaparecidas. Se cansan que los padres las controlen y se van… A cualquier parte, el tema es fugarse.”
La charla continuó de forma amena, casi hasta la entrada de la ciudad. Gustavo no dejaba de pensar en el parecido con Claudia. Pero… ¿Por qué habría de mentirle?
La ambulancia y el móvil policial, lo sobrepasaron raudamente, pocos kilómetros antes del acceso.
Lucy al verlos, se acomodó las gafas y con tono firme dijo:
— Detenete, detenete… ¡Acá me bajo!
Gustavo sorprendido y algo turbado por la forma, frenó bruscamente. Al tiempo que ella, abría la puerta y prácticamente se tiraba, de no haber sido por la cartera, que había quedado enganchada en la base del asiento.
— Gracias por alcanzarme. —Dijo mientras cerraba la puerta— ¡Seguramente nos volveremos a ver padrecito Gustavo!—Agregó enfáticamente, mientras se quitaba las gafas y lo miraba fijamente a los ojos.
— ¡Sos Claudia! ¡Sí! ¡Sos Claudia! ¡Sabía que eras vos!—Volvió a gritar. Pero ella ya se alejaba bamboleando su cintura, en sentido contrario al que venían.
La siguió por el espejo retrovisor mientras continuó conduciendo. El tráfico a esa hora era bastante. No podía detenerse y mucho menos retomar. No fue sino hasta que tomó la curva de entrada, que la vió voltearse y volver sobre sus pasos.

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