5 Relatos breves en tiempos de pandemia. (N° 481)

                                                     ¿Se equivocó la muerte?
Pueblo chico infierno grande reza el dicho. Éste no era el caso en Pueblo Viejo, enorme urbe donde la mayoría de sus habitantes no se conocían. Mega ciudad. También lo fue cuando la pandemia azotó a sus puertas. De la noche a la mañana sus calles se regaron de desesperación, desconfianza, hipocresía y sobre todo de equivocaciones. Sus hospitales y centros de salud no fueron la excepción. Fueron desbordados por el pánico rápidamente, la confusión y la desesperación sus protagonistas principales, mientras la muerte afilaba su guadaña para el gran festín.
En la recepción los enfermos eran rotulados y enviados a diferentes salas según su estado para su respectiva atención y tratamiento. Muchos, lamentablemente fallecieron en terapia, no sobrevivieron a la pandemia, se quedaron en el camino. Jorge no fue la excepción y así se le informó a su familia. Que no pudo ver el cuerpo, ni despedirse. Lo cremaron según lo dictaba el decreto gubernamental.
El llanto, la desesperación, la impotencia, por parte de su esposa, hijos, nietos fue desgarrador. No poder verlo, despedirse… “El último adiós”. Habían pasado diez días del triste suceso, cuando sonó el timbre. Estaba la familia en pleno atrincherada, orando frente a la urna que contenía las cenizas del difunto. Raquel (la viuda) atendió la puerta y su corazón se detuvo al ver a Jorge vivito y coleando.

                                                 De barbijos y alcoholes en gel
El nuevo decreto presidencial, dictaba el uso del barbijo obligatorio. Para protegernos unos a otros de la peste.
La escases se notó tan pronto abrieron los negocios que los vendían, como así también el alcohol en gel utilizado como desinfectante para neutralizar e virus.
Juan y Jorge formaban parte de la larga cola, que esperaba pacientemente la apertura del supermercado. No se conocían pero si lo harían ese día adentro del súper.
Todo comenzó cuando abrieron sus puertas. La multitud se abalanzó desaforadamente sobre los barbijos y alcoholes en gel.
Para la hora que Juan y Jorge pudieron entrar (ya que estaba prohibida la aglomeración) quedaban solo un par de bolsitas de barbijos y dos alcoholes en gel. Máximo permitido por persona. Juan sin dudarlo y por el pánico que llevaba encima, se arrojó sobre las dos botellas de abrazándolas como naufrago abraza su salvavidas, llego hasta besarlas, sus ojos se llenaron de lágrimas. Hacía tres días que no podía dormir por ser hipocondríaco. Jorge se quedó mirándolo y sólo atinó a decirle si le daría una. Juan que se encontraba buscando los barbijos, le respondió.-
— ¡Ni loco lo haría! hace días no duermo por no poder conseguir una botella. ¿Además quién te conoce?
— Puedes perdértelas donde ya sabes. — respondió Jorge retirándose del lugar
Juan no veía la hora de llegar a su auto, a su casa, a su refugio. Pago la cuenta. Salió del supermercado. Sólo le restaba cruzar la ancha avenida para subirse a su auto. Lleno de felicidad iba adorando sus dos botellas de alcohol. No escucho la bocina del camión.

                                                      Covid 19 pánico de la humanidad.
¿En qué momento pasamos de ser los paladines de la salud, aplaudidos desde los balcones, a ser la peste ambulante rechazada por la sociedad? Se preguntaba Jorge en el balcón de su departamento, ubicado en el décimo piso. Mientras leía el diario.
Ya se había percatado que los que habitaban el edificio, lo miraban con recelo y hasta indiferencia, denostando molestia por su presencia. Se lo hicieron saber esa misma noche arrojándole un papel por debajo de su puerta, sugiriéndole casi intimidatoriamente que abandonara el edificio. Una y mil veces se preguntó a dónde ir. No tenía a nadie. Además el departamento era suyo…
Si bien había visto que el mantenimiento de los lugares comunes estaba desatendido últimamente, prefirió no decir nada al conserje. Una porque con la pandemia los encargados de reparaciones no trabajaban y segundo tenía la certeza de que era él quien arrojo la nota. El ascensor dos o tres veces lo había dejado en banda, las luces hacia dos o tres días titilaban, se prendían y apagaban. Los matafuegos estaban vencidos, la canilla para lavado de vereda y acceso al edificio goteaba hacía varios días. ¿A quién echarle la culpa? Se dijo mientras subía al auto a las cinco am para ir al hospital.
A las veintidós horas regresó de trabajar exhausto. La cochera estaba a oscuras. Las luces no encendían. Como así también las del hall de entrada. A tientas llamó el ascensor, abrió la puerta y el vacío lo envolvió. Todas las luces se encendieron inmediatamente después. Un cartel “Cuidado no funciona” en letras rojas se pudo ver exhibido en la puerta del ascensor. Tres días más tarde hallaron su cuerpo en estado de descomposición.

                                                              ¿Y el después?
¡No debo entrar en pánico! ¡No debo entrar en pánico! Se repetía incesantemente mientras se refugiaba en su casa de campo, lejos de la ciudad huyendo de la muerte que le pisaba los talones. A la espera de su novio como habían acordado. Depositó las provisiones para los tres próximos meses, sobre la mesada de la cocina y se recostó en el sofá frente al televisor apagado. Comenzó a respirar profundamente y exhalar lentamente. Así le habían enseñado en las clases de yoga que debía hacer, cuando entraba en pánico. Y se durmió. Para cuando despertó era de madrugada. Miró el reloj de la cocina, se frotó los ojos, no podía creer que ya sean las tres de la mañana. Escuchó los mensajes que tenía en el contestador y un frio le recorrió la columna vertebral. Juan su novio, estaba internado grave con corona virus en terapia intensiva. “Cómo no había escuchado su llamado” la impotencia, la bronca, el encierro, la ira, la hizo arrojar con todas sus fuerzas el teléfono contra la pared. Donde estalló en mil pedazos. Respiró hondo y fue a la cocina a acomodar las provisiones para pensar en otra cosa. El sol de la mañana la encontró ubicando los últimos suministros.
Se sentía algo cansada, hasta afiebrada podía decirse. Recordó haberse frotado los ojos antes de lavarse las manos cuando despertó en el sofá. Se pegó una ducha rápida y se metió en la cama. No tomó nada. Sabía que los síntomas en caso de ser positiva podían variar. Solo un ansiolítico se dijo. Así podré descansar mejor. Su cabeza no dejaba de pensar ¿Qué será de la vida cuando toda esta locura pase? ¿Qué será del después? ¿Cómo estará Juan? Le costó dormirse. Para cuando se despertó estaba empapada en sudor, le costaba muchísimo respirar. Recordó que había destrozado el teléfono y decidió ir en auto hasta una guardia hospitalaria. La noche afuera era oscura y cerrada, una incesante llovizna impedía bastante la visibilidad. Se sintió desvanecer. Cayó al barranco. Los médicos diagnosticaron un brote de pánico. No presentaba ningún síntoma de corona virus.

                                               Sexo en tiempos de pandemia
Mónica, esposa de Javier andaba con un médico. Vivía en su mismo edificio.
A Javier en el trabajo esa mañana le dijeron que regresara a su domicilio. Que siguiera las noticias, para saber cuándo debía reincorporarse a su puesto. No lo pensó dos veces y se dirigió a la farmacia a buscar viagra, había escuchado que las ventas con la cuarentena, se habían disparado exponencialmente. No le comentaría nada a su esposa pero era la oportunidad de reparar la relación desgastada, por el trabajo, los años, la rutina. Estaba decidido a recuperarla. A pesar de ser hipertenso.
Cuando Mónica lo vió llegar quedó un tanto sorprendida y aún más cuando supo que no sabía cuándo lo reincorporarían. Se terminarían las mañanas de pasión con Jorgito… como solía llamarlo. Él era fuego que encendía todo su cuerpo, sabía muy bien manejar los tiempos, el cuándo y el cómo.
Esa noche, como lo había pensado, Javier sorprendió a Mónica. Así también la mañana siguiente, la siesta, la noche y sucesivamente los siguientes tres días. Mónica no salía de su asombro. Estaba convertido en un perfecto e insaciable amante. Lo que ella tanto deseaba ¿Cuál era el secreto? La siguiente mañana lo encontró en el piso del baño con una tira de viagra en la mano muerto por un infarto.
                                                                                                                      Sercan 25/04/2020
Cambió total de mí estilo de escritura. Comparto con ustedes tarea realizada para el taller literario. Reto máximo 400 palabras

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