Entre sogas y tangas. (Micro relato) N° 502

Hermoso lunes feriado y de sol pleno. Desde temprano, instalé las dos reposeras en la terraza para aprovecharlo. Limpié el asador y lo preparé para cocinar al mediodía. Ubiqué la mesa, dos sillas y la sombrilla, para cuando llegue Adriana, compartir un aperitivo mientras dialogamos y almorzamos. Hace tanto que no hablamos, que no nos tomamos nuestro tiempo. Hoy el clima acompaña para ponernos al día. Venimos enredados hace un par de meses. Pero aún está indecisa. Dice que no me tiene confianza. Voy a aprovechar también para enseñarle el nuevo departamento al que me mudé hace cinco días. Suena el portero. Le abro y vamos a la terraza. Mientras preparo unos tragos, ella me dice un tanto irónica e inquisitivamente:
– ¿Qué significa está tanga sobre la reposera? –
Entre asombrado y desconcertado, le contesto – ¡qué sé yo! Recién acabo de acomodar todo y no estaba. Se habrá volado de algún departamento, de los que está arriba –
Y al mirar me viene a la mente…
– Recuerdo una vez. En el taller literario. El profe nos hizo trabajar sobre el libro “Hacerse el muerto” de un tal Andrés Neuman. El relato que nos leyó era “teoría de las cuerdas” Donde el escritor alegaba, que se conoce más a los vecinos espiando su ropa tendida, que hablando con ellos– dije y continué. – Te propongo un juego. Más allá de conocerlos, hoy podemos saber qué hicieron o a dónde fueron el fin de semana. Por ejemplo fijate en aquel balcón: mantel nuevo y servilletas para ocho. Por lo visto esa pareja se ha juntado con un grupo de amigos. Es más, si te fijas bien, en el piso aún descansa la bolsa con botellas vacías.
– Tenés razón ¡Mirá aquel! – señaló Adriana – Traje y vestido de gala. Esos asistieron a una fiesta. Y no de cualquiera. Esa ropa no es para todos. Deben tener una muy buena posición. ¡Mirá la ventana! aún tiene bajo el black out y ya son las doce pasadas. Debe haber durado hasta la santísima hora.–
En eso estábamos cuando nos dimos cuenta de que otra tanga había caído cerca de las reposeras.
– Ésta, o se pasó el fin de semana lavando ropa interior y no sabe colgarla, o no le alcanzó para comprar broches– comenté en tono de joda. Adriana miró hacia arriba para ver de dónde había caído y al no poder identificar el balcón decidió seguir con el juego.
– Ahora te toca a vos– me dijo
– Bueno, fíjate aquel – señale con el dedo. – botas, campera, gorra y pantalones camuflados. Un farol a gas apoyado en la baranda, junto a una conservadora. Ese sin dudas se fue de pesca. Ahora que hago memoria no he visto movimiento en todo el fin de semana. Probablemente hayan ido a pescar hasta el Paraná. – le dije mientras me sentaba en la mesa, corriendo su silla para que hiciera lo mismo. Así disfrutábamos del aperitivo y unos snack.
– ¡Yo diría que se fue de caza! – Afirmó Adriana, mientras bebía un sorbo
– Puede ser… ¿pero qué te hace pensar eso? – le contesté
– Escuchaba mientras venia para acá, que los ríos están muy crecidos y prácticamente la pesca es nula. Una persona experimentada tendría en cuenta esas cosas, creo– me contestó
Entre charlas, suposiciones y debates sobre la ropa tendida, se hizo la hora del almuerzo.
– Mientras buscás unas cervezas más en la heladera, yo voy sirviendo el asado– dije
– Ok, voy al baño primero y de paso las traigo – me contestó mientras se dirigía hacia adentro.
En eso miro hacia arriba y veo a la vecina de dos balcones más alto asomarse, mirarme, sonreír y con la punta de los dedos soltar una nueva tanga, mientras me guiñaba un ojo y llevándose el dedo índice a los labios me hacía seña de silencio. Me quedé obnubilado, era una “diosa”, a la vez que pensaba “se está poniendo bueno el nuevo barrio”.
Cuando volvió Adriana, almorzamos, le comente como al pasar que se había caído otra tanga. Después de un rato de sobremesa le dije que no me sentía bien.
– ¿Querés que te prepare un té? Me preguntó
– No, está bien, prefiero recostarme y seguro se me pasa– y agregué – si te no importa continuamos otro día con la charla –
– Dale, no hay problema avisame – contestó un tanto rara. La acompañé hasta la puerta y se marchó.
Corrí al baño me puse la mejor sunga, bronceador, lentes de sol espejados, me adoré frente al espejo y me dirigí a la reposera, a la caza de mí vecina.
Me quedé toda la tarde afuera, recostado en la reposera mirando hacia el balcón de mi vecina. Hasta que oscureció. Ella no volvió a salir. A pesar de que se veía luz.
Alrededor de las nueve de la noche recibo un audio de Adriana. – Hola, ¿estás mejor? me olvide comentarte hoy, una amiga íntima desde la infancia, casi o más que una hermana te podría decir, me comentó que vive dos balcones más arriba del tuyo y que ve tu terraza.
Desde ese día, nunca más volví a ver una tanga de la vecina y menos poder hablar con Adriana. ¿Será que ambas estaban mirando qué ropa tendía yo?
                                                                                                                                      11/07/20 Sercan
http://www.sercan455.wordpress.com
Tarea taller literario

2 comentarios en “Entre sogas y tangas. (Micro relato) N° 502”

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