“El pochoclero” (N°517)

Mi relación con el dinero comenzó desde temprana edad. Ya a los diez años, tenía un emprendimiento con mis hermanos varones, hacíamos quinta y salíamos a vender verduras, casa por casa, a la hora de la siesta. No era un trabajo fácil, ni liviano. Había que carpir la tierra, armar los almácigos, sembrar, regar, y colocarles las tiritas de ropa vieja, colgadas, para espantar a los pájaros. Que en más de una oportunidad junto a las hormigas, se devoraron todo nuestro esfuerzo.  Hubo un período que con unos amigos  éramos chacariteros o entrampábamos pajaritos para vender. Fui desde niño, lo que se llama, un”busca vidas”.

Pero a decir verdad, es alrededor de los cinco años, cuando comencé a tener una idea de que el dinero abría puertas. Que servía para adquirir aquellas cosas que deseábamos. Una moneda de caballito, o dos de la fragata, eran la llave para abrir el cofre del vendedor de pochoclos, que inexorablemente todos los días desde la ventana del primer piso, veía venir, cuando estaba alistado para ir al jardín.

Siempre fui de los llamados austeros, nunca me sobró, pero debo reconocer que nunca me faltó. Me caracterizo por sacar las cuentas mentalmente. Porcentajes, sumas, restas, divisiones. Y si recurro en algún momento a la calculadora, normalmente es para chequear que las saqué bien. Muchas veces lo hago inconscientemente. Me sorprendo a mí mismo, sacando cuánto es el porcentaje de descuento, relación precio/litro o kilo,  o contando la cantidad de pasos, baldosas, cuadras, platos en la mesa y todo aquello que se pueda.  Pero lo del pochoclero marcó el inicio. Recuerdo a mi padre decir cada vez que me entregaba una de caballito “Hijo hay que cuidar las monedas, los billetes se cuidan solos” y contaba un chiste de un judío que iba al banco y el cajero le preguntaba ¿Cómo quiere el dinero don Samuel? “con toda el alma querido” respondía. En realidad lo entendí de grandecito. Mi preocupación en ese momento  era que desde el ventanal lo veía venir y mi padre aún no estaba listo. Su inconfundible cornetín iba pregonando su llegada. Con el tiempo las películas de reyes me lo hicieron recordar. Cuando las trompetas anunciaban al rey, que alguien había llegado. “Apúrate papá, que se va a ir” le gritaba apretando fuerte la moneda en la mano derecha y bolsita en la izquierda, mientras bajaba las escaleras con temor a que ya no esté. No fue sino hasta unos años después, que comprendí que no se iría. ¿Por qué habría de hacerlo? Yo era un cliente fijo y fiel.

Bajaba las escaleras estrepitosamente y para cuando lograba abrir la puerta,  tenía a mí padre pisándome los talones. Ese tiempo fue de los pocos que recuerdo tenerlo en exclusividad. Mis hermanos entraban antes y se iban caminado juntos. El colegio estaba a cuatro cuadras. Era la época en que los niños jugábamos en las calles a muy corta edad. No existía el peligro, como lo hay hoy. Éramos sus dueños. Un juego común era las escondidas cuando comenzaba a anochecer. También la pelota, el karting, las bolitas, las figuritas y cuanto juego se nos ocurriera. El llamado a almorzar o a cenar, era quien nos sacudía el polvo del juego y nos integraba nuevamente a la familia. En  mí  caso me llevaba, porque entraba media hora o cuarenta y cinco minutos más tarde y compartíamos la rutina de la compra de pochoclos. Esa enorme caja de madera roja con vidrios y ruedas, se abría ante una moneda de caballito dejando a mi alcance su preciado tesoro. La pregunta del pochoclero era infalible “¿medio o uno?”. ¡Uno! exclamaba blandiendo mi moneda que para esa altura ya estaba empapaba en sudor. Ceremonialmente se acomodaba el birrete blanco, se estiraba la chaquetilla hacia abajo, tomaba una hoja de papel blanco, armaba un enorme cucurucho, lo llenaba hasta el borde “¿sal o azúcar?”  En ese tiempo me atraía más lo dulce. Después fue lo salado, incluso hasta el día de hoy. Es más, los pochoclos dejaron de gustarme. Y es uno de los aromas al que más aversión le tengo. Mis hijas son de juntarse a ver películas y hacen fuentadas. Los bañan con caramelo haciendo un pegote que devoran en minutos. No como yo que me tomaba las cuatro cuadras a paso de tortuga. Mi padre solía decirme que me apurase un poco. No sé si era porque iba demasiado despacio, o quería volver enseguida para dormir un rato de siesta.

 A la vuelta me volvía con mis hermanos. En alguna que otra ocasión, me pareció sentir que esto de que a mí me acompañaran y me dieran la moneda, en cierto modo, mucho no les agradaba. Lo que nunca supe fue si era por la moneda o por que se iban solos. Pero recuerdo perfectamente una de esas vueltas del colegio. Veníamos los tres de regreso ocupando casi toda la vereda. Yo revoleando mi bolsita a cuadritos celeste y blanca, que contenía, el plato y el vaso plástico también celeste y la servilleta, con mi nombre bordado. Cuando sin querer, le asestaba un bolsazo alguno de mis hermanos en la cabeza, me retaban e incluso me amenazan que tendría que volverme solo. No fue así, el día que del golpe que le di casi lo tiro al césped, con tanta suerte que encontró una moneda de veinticinco centavos y luego dos pasos más adelante, otra de diez. Ahí descubrí que el dinero también se pierde, como los juguetes, los soldaditos, los lápices. No habían pasado cinco segundos y estábamos los tres con la cabeza gacha escudriñando el suelo. No sé cuánto tiempo permanecimos buscando monedas. En total encontramos cinco. Fue nuestra madre quién, preocupada porque estaba anocheciendo y no habíamos regresado aún, salió a buscarnos (estábamos a la vuelta, a media cuadra). Repartimos las monedas. Mis hermanos la guardaron en la alcancía que habían recibido para navidad (una, era una casita de un hongo con forma de pera y tenía cerradura, la otra, un hongo común inviolable. Había que desatornillarle la base para poder sacarlas). A mí me trajo otra cosa. Nunca entendí durante la niñez porque el niño Dios hacía esa diferencia con los regalos.

Lo que sí entendí enseguida, fue el día que ninguno de mis padres tenía una moneda de caballito. A duras penas lograron sacarle de la alcancía de mi hermano una de fragata. Cuando preguntó “¿uno o medio?” cabizbajo respondí medio, mientras le mostraba la moneda. Tomó la hoja de papel, hizo el cucurucho, lo llenó y me preguntó “¿sal o azúcar?”. Mis ojos se abrieron como moneda de veinticinco. Misma expresión que ponía mi hijo cuando visitábamos a mi padre. Recuerdo que llegábamos y él enseguida corría a ubicarse en una silla a su lado. Parado sobre ella y echado sobre la mesa, hablaban largo rato. Hasta que llegaban las palabras mágicas “¡Qué olor a seco que tenés gringo!” acompañadas con un billete en el bolsillo. Los ojos le brillaban como  me deben haber brillado a mí, cuando descubrí que me daba la misma cantidad por menos dinero. Desde ese día siempre compré  medio.  

                                                   26/09/2020

www.sercan455.wordpress.com

Tarea taller literario “ Mi relación con el dinero”

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