“Algún día me vas a dar un disgusto” (N° 578)

Anochece y los fantasmas de la soledad me vuelven a visitar. Son infaltables y tan puntuales, que muchas veces me da la impresión que saben la hora. Se asemejan al Cirineo, pero cargando mí pasado. Cuántas veces deseé volver a ovillar la madeja, regresar el tiempo hacia atrás, como una película o un cassette.  Y cambiar aquello que hoy me pesa. Sin embargo,  ni ellos se van, ni yo lo puedo hacer.

Me vienen a la memoria, los últimos años compartidos con mi madre y de allí, como un trampolín, automáticamente me catapultan a mi niñez.

“Sí la habré hecho renegar” con la escuela, la sopa. En la adolescencia con la moto los días de lluvia, o cuando salía con mis amigos y nos escapábamos a pueblos vecinos. Una tarde yendo a Devoto se nos pinchó la rueda delantera. Empezamos a ir de una banquina a la otra y a medida que la velocidad aminoraba se tornaba más difícil maniobrarla. Los autos que venían de frente, nos esquivaban, nos tocaban bocina, hacían señas de luces y los insultos nos caían como un intenso chaparrón. Deben haber pensado que íbamos drogados o alcoholizados. Por suerte logramos parar a un costado. Salvo algunos raspones y pequeños cortes, lo demás fue un susto. Todo transpirado por el frío de la adrenalina. Me temblaban las manos, las rodillas, ¡la vida entera! Lo primero que me vino a la mente y hoy continúa acechándome desde las sombras, es la frase que mi madre me repetía hasta el hartazgo “algún día me vas a dar un disgusto vos”.

Y así fue. Aunque no precisamente en mí niñez o en mí adolescencia. Ahora me doy cuenta. Sucedió el día que la llevé al asilo. No recuerdo haberla visto así desde cuando era un niño y había fallecido su padre. Estuvo como ida por varios días, ausente, no revisaba nuestras tareas, ni se arreglaba. Ella siempre estaba bien peinada, con un poco de rubor  y las uñas pintadas. Incluso arrastraba los pies al caminar y no era por cansancio. Se secaba las lágrimas a escondidas, se había olvidado de reír, de cantar, de ponernos música en la radio y hacernos bailar hasta que nuestros huesos flacos quedasen temblando. Pero ese día, ese día entendí qué le pasaba cuando era niño. La tristeza la había inundado.

Todos con los que hablé me decían “que era lo mejor para ella y para mí familia”. Que se acostumbraría.  Que la convivencia era difícil. Que tienen un tiempo diferente a los nuestros. Que ya haría amigos y se distraería más. Que tendría una rutina de manualidades, gimnasia, juegos, que le harían pasar las horas. Que el lugar era de los mejores. Que los cuidaban bien y les daban la medicación a horario, los ayudaban a higienizarse y sobre todo que eran  estrictos con los horarios de comida, como así también los de descanso. A las veintiuna horas se apagaban las luces y los ponían a descansar. Recuerdo ir a visitarla día por medio durante el tiempo que permaneció ahí. Los domingos la llevaba a casa y almorzábamos en familia. Hablaba con mis dos hijos, de su juventud, de cuando era niña, de cuando se casó. Su mirada emitía destellos, mientras les contaba de sus andanzas. Parecía revivir. Recordaba detalles de su casa paterna, donde vivieron los primeros años de casados porque no podían alquilar. ¡Yo aún me acuerdo muy bien! Si habré jugado con mis abuelos. Qué de vicios me daban. Cómo me querían y cuidaban. Mis padres iban a trabajar temprano y ellos me llevaban a la escuela. De regreso me compraban helado, o golosinas. Y los fines de semana elegía el postre. Era feliz. Yo a mis hijos no les di esa posibilidad. Si bien en casa,  nos hubiésemos podido más o menos acomodar, opté por internarla. Escuché lo que quería oír. Prioricé mis necesidades sin contemplar las suyas. ¡No!, debo dejar de pensar en estas cosas. No me hacen bien. Todos los días regreso sin querer con mis pensamientos a esta encrucijada. Que de nada me sirve.

Mejor me pongo a rezar. Agarró el rosario que está sobre la mesa de luz y una a una voy pasando sus  cuentas. “Padre nuestro que estas en los cielos”…

Ella, esa costumbre de que eligieran el postre, no la había perdido. Cada vez que se despedía, porque  regresaba al asilo, les preguntaba a mis hijos que postre querían para el domingo siguiente. Y me decía que me encargase que después me devolvería el dinero.

Pero en el asilo era distinta, estaba la mayor parte del tiempo callada. Como si le costase sociabilizar y comía muy poco me decían los encargados. Un poco de sopa y algunas chucherías. Cosa que en casa no ocurría. Es más nos asombraba que estuviese tan delgada siendo de buen comer. Hablaba hasta por los codos con mis hijos y en ocasiones se reía tanto que se atragantaba con la comida. A veces cuando los escuchaba hablar a los encargados del asilo, sentía como si estaríamos hablando de diferentes personas. O que no sabían quién en verdad era mi madre. Aunque en cierta medida debo reconocer,  que las veces que salía el tema del asilo mientras almorzábamos en familia, ella entraba en un mutismo que cambiaba sus rasgos. Bajaba la cabeza, miraba el plato de comida como ida y dejaba de comer. Me daba mucha pena verla así. Hasta llegué a cuestionarme ¿si en verdad era lo mejor? ¿sí no había tomado una decisión apresurada al llevarla?¿O qué opinaba ella? Nunca se lo había preguntado. La frase de mi padre me taladraba la cabeza “un padre cuida cien hijos. Pero cien hijos no cuidan un padre”. Otra vez vuelvo a caer en estos pensamientos que no me ayudan para nada.

Dios te salve María llena eres de gracias… Cuando mi hermano se cayó del techo. Pobre vieja que susto le dimos ese día. Que idea también, pensar que un paraguas podía soportar nuestro peso. Y sí… Éramos niños. Sí Oaky lo hacía, porque no, nosotros. Cuando nos íbamos de campamento con la escuela, siempre veníamos con alguna herida. Y ella sin embargo, lo primero que nos preguntaba era si nos habían tratado bien. En vez de por la herida. Como yo, recuerdo en ocasiones preguntarle si la trataban mal. Sí la comida era fea. Buscando acallar mí conciencia.  Siempre me contestó: “no te preocupes por mí, ya demasiado tenés con tu familia, está todo bien… ya se me va a pasar”. Otra vez…

Gloria al padre al hijo y al Espíritu Santo… A decir verdad se mantienen frescos aún en mi mente los recuerdos. Desearía volver el tiempo atrás, rebobinar el cassette, retroceder la película, ovillar de nuevo la madeja. ¡Con empatía! Sin egoísmos.

El día qué partió. Que emitió su último aliento, no estaba allí. Me dijeron que suponen fue a la madrugada. La encontraron a la mañana siguiente,  abrazada a una foto donde estábamos con mi hermano, mi padre y ella. ¡Qué viaje inolvidable ese! Creo que nunca nos divertimos tanto los cuatro juntos. Estábamos más grandes ya. No hacíamos renegar tanto. Además el lugar era acogedor. Esas montañas nevadas. El aire puro. Como jugamos en la nieve. Mi padre parecía de nuestra edad. ¡O peor! Con las bromas, aparte incansable. Llegaba la noche y nosotros nos dormíamos sentados y el seguía. Y si mal no recuerdo, créo fue el último que pudimos hacer todos juntos. Después al poco tiempo enfermó y falleció. Mi pobre madre se pasaba horas mirando la foto,  sentada en el sillón de la galería. Menos mal que hicimos ese viaje. Nos solía decir. Yo no estaba muy convencida. Él sabía que su salud era delicada. Me pidió que no se los dijese. Qué quería dejarles el mejor recuerdo. ¡Y así fue! Esa foto es el testimonio! Y además una de las pocas cosas que le quedó cuando fue al asilo (hoy, mí herencia).

Llena eres de gracias el Señor es contigo… Me di cuenta con el tiempo que habitaban en ella dos personas. Una la del asilo y otra, la de  los domingos al mediodía en casa, la de la foto. La que nunca bajó los brazos ante las adversidades. Y estuvo siempre atenta a nuestras necesidades. Lástima que me fue tiempo para comprender lo que mi padre nos decía de niños “un padre cuida cien hijos. Pero cien hijos no cuidan un padre”.      

Anochece,  los fantasmas de la soledad como cada noche vienen cargando como el Cirineo con mí pasado, me vuelven a visitar. Son infaltables y tan puntuales… tan puntuales que ya nos dieron de cenar, son las veintiuna hora y vienen a apagarnos la luz. Busco bajo mí almohada mi herencia. La abrazo fuerte sobre mi pecho junto a otra con mis hijos y mi esposa. Cuando repetimos el mismo viaje. Nada más que en está ocasión los problemas de salud los tenía ella. Y fue su último deseo. Seguramente mi madre en esas charlas bajo la galería  sentada en su sillón, le supo transmitir la vivencia. Recuerdo que me insistió tanto con hacerlo. Yo dudaba. Pero al final tenía razón. Como mí padre.  

La soledad.  Los recuerdos. Los reproches. La falta de contención. El sentir que estás de más. Que sobras. Que molestas. Y no te entienden. A pesar de ser tus hijos. Tu sangre ¡Y ves que en el fondo del tarro queda tan poco! Tan poco que parece nada. No me deja dormir. La angustia me desvela. Los días se hacen eternos. La rutina del ocio es una de las peores. Y las noches, las noches los recuerdos de los que ya no están y los que están, danzan en mí mente como caballos desbocados.   Hoy tal vez pueda descansar. Mañana es domingo.

Tarea taller literario

11 comentarios en ““Algún día me vas a dar un disgusto” (N° 578)”

    1. Sí querida Marina, es así. En la soledad de la noche los fantasmas se hacen presente, para hacernos revivir la historia de nuestra vida. Tanto lo bueno cómo lo malo. Los logros, cómo los fracasos. Lo alcanzado, cómo lo que nos quedó pendiente. brazos

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